La Azienda Agricola Monte di Grazia nace en 1993 para continuar con esos viñedos "de familia" y para que también nosotros podamos disfrutar del privilegio de beber excelentes vinos.
Casi desde el principio, en 1997, la empresa obtiene una certificación Bio y seguirá trabajando como lo hacían los viejos campesinos: usando estiércol de establo como abono y cobre y azufre contra el mildiu y el oídio.
La empresa es relativamente joven, pero algunas de sus vides tienen más de 130 años y se sustentan sobre pie franco; estas conviven con plantaciones más jóvenes injertadas sobre barbados silvestres.
Para quienes no lo sepan, en 1863 en Europa, los viticultores tuvieron que hacer frente a una epidemia en los viñedos generada por un parásito importado de los Estados Unidos: la filoxera. Este microorganismo fue una plaga devastadora; fue muy difícil encontrar una solución y para erradicar el peligro fueron necesarios casi treinta años. La única solución real fue el injerto sobre portainjertos americanos; en efecto, las vides americanas, que no producían frutos (¡ya me explicarán cómo hacen para definir el Zinfandel como su variedad autóctona!), resultaban resistentes al parásito y por tanto fundamentales para salvar la producción europea. Aproximadamente el 90% de las vides están basadas en raíces de este tipo, a excepción de las presentes en terrenos arenosos y otros hábitats incómodos para la filoxera, cuya "raíz" se denomina precisamente "franca".
Los viñedos de la empresa se encuentran en la zona del paso de Chiunzi, en el pulmón verde de la costiera amalfitana. En esta zona, caracterizada por una gran amplitud térmica, suelos volcánicos y gente auténtica, se produce el Tintore di Monte di Grazia.
El vino, de 2008, tiene un color todavía muy vivo, impenetrable.
En nariz es realmente enérgico, potente; ciertamente distinguimos los frutos rojos, como la guinda, las especias, como la pimienta, pero lo que impresiona es el aroma a cuero y a chocolate negro, y sobre todo la increíble variedad de aromas que ligan este vino al suelo y que, cerrando los ojos, nos hacen viajar imaginando el sotobosque, las raíces arrancadas de la tierra, la ceniza de un viejo fuego encendido por algún cazador para calentarse, la hierba mojada.
En boca tiene una estructura importante, pero también es ácido y realmente muy persistente; el tanino es agradablemente agresivo.
Un vino para comprar y guardar en bodega todavía algunos años más para degustar su "apogeo".
Felicitaciones a Alfonso Arpino y al enólogo Gerardo Vernazzano por haber sabido valorizar plenamente los dones de nuestra tierra.





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