Agosto de 2013, tras un largo viaje en tren, llego finalmente a las laderas del Etna. El volcán, que parece no haber perdido aún su vicio, me recibe humeando. El sol alto y cálido ilumina con una vivísima luz los viñedos del Etna. De aquí comienza mi breve relato sobre los días en que fui huésped del volcán más alto de Europa. Para desplazarme uso un viejo e indestructible Panda blanco de principios de los años 90, sin radio, sin aire acondicionado. Un automóvil que en las grandes metrópolis solo encuentra lugar en exposiciones y concursos de coches para entusiastas, aquí es uno de los vehículos más difundidos y demandados; parece que el mercado de un Panda old style ronda los mil quinientos euros... en definitiva un verdadero negocio para quien, sin poder comprender la grandiosidad de una mecánica inquebrantable, deja oxidar el modelo más de moda en las calles del Etna, en oscuros garajes.
Viejos palmenti (lugares donde se vinificaba el vino hasta hace algunas décadas) han sido transformados en acogedoras estructuras de alojamiento, todo construido con las negras piedras lávicas. Viviendas que, aunque soportan un sol abrasador durante casi catorce horas, logran por la noche acoger al huésped con una temperatura fresca tan natural como agradable. Una carretera tortuosa atraviesa viñedos, recientes coladas lávicas y micro-agrupaciones de casas dominadas por una fuente y un pequeño bar. Este es el Etna con sus habitantes y sus construcciones, pero esto no era suficiente para impulsarme a viajar más de diez horas en tren. Mi curiosidad es por su tierra, por sus viñedos, por sus bodegas, o más simplemente por los hombres que están haciendo célebre un lugar que parece estar fuera del tiempo y del espacio. Los viñedos del Etna crecen en terrenos arenosos de origen volcánico ricos en minerales. A la vista, el suelo vira hacia tonalidades de marrón tendente al granate. Al tacto, la sensación que se tiene frotándose un poco de tierra entre los dedos es la de tocar polvo de talco, por su capacidad de ceder su calor y color sobre las manos. Una tierra que desprende toda su fertilidad en su primer encuentro. Desde un punto de vista enológico podemos dividir la viticultura del Etna en dos grandes zonas. La primera coincide con la parte sur-este-este, coincidente con los municipios de Milo y Zafferana. La segunda con los terrenos situados en la vertiente norte-este, donde se encuentran los pequeños municipios de Castiglione di Sicilia y Randazzo. Las empresas que se encuentran al sur-este-este se asientan sobre suelos con coladas volcánicas de casi un milenio de antigüedad. Terrenos poco profundos, bien ventilados que dan directamente al mar con una exposición a los rayos del sol menor que la vertiente norte-este. Las oscilaciones térmicas entre el día y la noche rondan los 10-15°, unos diez grados menos respecto a la vertiente rival. Por estas características esta ladera es la más adecuada para la producción de vinos blancos, los cuales, aunque con una gran estructura, carecen de la vivaz frescura a la que nos han acostumbrado nuestros vinos alpinos. En los viñedos más "norteños", terrenos más profundos, viñas centenarias y la protección de los montes Nebrodi garantizan a los productores de esta zona vinos que logran desprender toda su personalidad isleña sin perder nada en refinamiento, profundidad y persistencia. Aquí la producción ronda las cuarenta mil botellas, frente a una media de unos veinte hectáreas por productor, contra las ciento cincuenta mil botellas del lado opuesto del volcán. Las viñas en alberello están presentes en pequeñas parcelas, mientras que el resto del viñedo está plantado en corsone speronato, guyot y alberello addomesticato. Se podría hablar de terroir, de cru, pero el francés poco encaja con esta tierra tan acogedora como sincera al describir sus orígenes. Existe una manera completamente siciliana de expresar las diferencias entre los terrenos, las altitudes y la edad de las coladas lávicas: es cuando se habla de contrade. Término promovido por las mismas empresas vinícolas que se reúnen una vez al año en la empresa Passopisciaro para dar lugar al evento de comparación entre las diferentes expresiones del Nerello, denominado precisamente: Le contrade dell'Etna. A la vista el suelo vira hacia tonalidades de marrón tendente al granate. Al tacto, la sensación que se tiene frotándose un poco de tierra entre los dedos es la de tocar polvo de talco, por su capacidad de ceder su calor y color sobre las manos. Una tierra que desprende toda su fertilidad en su primer encuentro. Hasta hace algunos años el comprador habría tenido dificultades para distinguir los vinos entre las diferentes vertientes del volcán sin un conocimiento particular del territorio y de las empresas, pero en los próximos años junto a la mención de denominación aparecerá el nombre de la contrada de donde provienen las uvas. Un giro dirigido a una mejor comunicación del territorio, una apuesta para las empresas más conocidas que renunciarán a su marca para valorizar el lugar donde la vid desafía la lava y el sol, donde los hombres generan los grandes vinos del volcán.





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