Esta es la época del año para degustarlos en su mejor momento.
Estoy hablando de los vinos rosados, cruz y delicia de la enología italiana.
Representan una pequeña porción del mercado y son injustamente considerados vinos de segunda categoría, aunque forman parte de la tradición de nuestro territorio.
Siempre han estado presentes en las mesas de los italianos, desde los rosados del Salento de uvas Negroamaro hasta los Cerasuoli d'Abruzzo de uvas Montepulciano.
En este comienzo de verano, los rosados con reflejos coral, rosados, color cereza, en dialecto abruzés cerasa de donde proviene el Cerasuolo, con aromas tenues y exuberante frescura, pueden acompañar perfectamente cenas de verano no demasiado elaboradas.
Hace unos días en un buen restaurante en Abruzzo, l'Osteria degli Ulivi di Montorio al Vomano (TE)
Tuve la oportunidad de degustar un vino rosado que me propuso el patrón.
No era, como quizás cabría esperar, un Cerasuolo D'Abruzzo, sino un rosado de Lacrima di Morro d'Alba (An) de la Azienda Gianluca Bartolucci (las Marche están a dos pasos).
Para quien no lo conozca, el Lacrima di Morro d'Alba es un vitigno autóctono de las Marche del que se obtiene un vino tinto con aromas de rosa y mermelada de frutos rojos y taninos suaves y sedosos que lo hacen preferible a otros vinos para acompañar el brodetto di pesce de Fano (Costa Marchigiana).
Perfecto este rosado de uvas Lacrima en pureza obtenido tras un breve contacto del mosto con las pieles, con notas de rosa, arándano y acidez contenida, sorbo satisfactorio y nunca saciante, digno compañero de una excelente galantina di pollo, adecuado para acompañar preparaciones con carnes blancas, conejo en primer lugar, platos de pescado con tomate y aromáticos tortini di alici.
Un rosado con buena relación calidad/precio al que atribuiría en una escala del 1 al 5 una puntuación de 4, siendo posible adquirirlo en la bodega a un precio no superior a los 7 euros.
Pruébelo.





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