En Italia todos lo sabemos, existen variedades de uva muy diferentes entre sí que mantienen su tipicidad, reflejando el territorio del que provienen con niveles de calidad que alcanza en ciertos casos la excelencia. Son uvas frecuentemente nacidas de cepas autóctonas que han sobrevivido al duro ataque de la filoxera y que, redescubiertas recientemente, antes de su extinción definitiva, vuelven con fuerza a hablar de nuestros orígenes, redescubriendo ese bagaje cultural rico en historia pero sobre todo en sabores y aromas que de otro modo se habrían perdido. Sin embargo, la temidísima filoxera favoreció la introducción en Italia de varietales internacionales que se han aclimatado bien a nuestras latitudes, también gracias a los injertos realizados sobre "pie franco" de vid americana, mucho más resistente al terrible insecto que las europeas. Un ejemplo casi obvio es el vitigno Chardonnay, que podemos encontrar en casi todas las regiones vitivinícolas del planeta pero que siempre logra regalarnos emociones, algunas veces incluso grandes.
Como el título de este artículo indica y tras la pequeña introducción, se describirá una cata, abriendo un paréntesis histórico, basada en vinos distintos pero nacidos de la misma uva: el Chardonnay. No pretende por tanto ser una descripción académica, cargada de tecnicismos, sino más bien un viaje del Norte al Sur de Italia, donde este vitigno logra expresarse de manera diferente manteniendo (casi siempre) sus características principales: fineza y elegancia.
El Chardonnay según algunos estudiosos tiene orígenes orientales y según otros nace de un cruce entre Pinot Nero y Gouais blanc, un vitigno de origen eslavo utilizado para cortar otros vinos. El Chardonnay fue durante mucho tiempo confundido con el Pinot bianco; de hecho en Francia, tras la llamada "pequeña glaciación" de 1709, hubo una reconstrucción caótica de los viñedos donde precisamente se encontraban varietales como el Pinot nero, Gouais y muchas otras cepas silvestres, dando lugar en el siglo siguiente a cruces de vides espontáneas. En 1870 el primer censo de uvas registraba Pinot Blanc, Aligotè, Gouais, Pineau Blanc; solo posteriormente se descubriría la verdadera identidad del Chardonnay, nacido precisamente de un cruce espontáneo. Su nombre deriva de Chardonnay, localidad homónima del Maçonnais en Borgoña, aunque otra teoría sostiene que esta uva proviene de Jerusalén, donde gracias a sus terrenos arcillosos este vitigno crece muy bien. La palabra Chardonnay tiene orígenes hebreos. Al regresar de Oriente Medio, los primeros cruzados traían consigo un vino que llamaban "Porte de Die", traducción del nombre hebreo "Shahar Adonay" que significa "la puerta de Dios". De hecho, Jerusalén estaba rodeada de viñedos y a la ciudad santa se accedía a través de puertas que conducían todas al templo de Dios.
Comenzamos este viaje desde Sicilia, la región y gran isla más meridional, donde las temperaturas más suaves no son las más adecuadas para esta uva, pero que en cambio una bodega como Baglio del Cristo di Campobello en Licata, en la provincia de Agrigento, ha sabido aprovechar.
El vino en cuestión se llama Laudàri, es un 2013 y realiza cuatro meses en barriques y doce en botella.
Se presenta bien desde el principio, el color pajizo intenso nos hace pensar de inmediato en una buena evolución y estructura, y en nariz hay una discreta complejidad, dada por aromas que recuerdan la corteza de pan, cítricos, tilo, plátano y una buena mineralidad. En boca se recupera el calor de la tierra del Sur, resbala bien en el paladar aunque no llega a satisfacer las expectativas de la nariz.
Subimos un poco la bota y con el segundo vino nos encontramos en el Salento, en Puglia.
La bodega Cantele nos propone su Teresa Manara 2013 de 13,5 grados, un producto que a mi juicio se aprecia mucho como aperitivo, acompañado de alimentos poco estructurados dado su carácter delicado, anunciado por aromas de frutas y flores como la mandarina, el plátano verde, el jazmín y el espino blanco; un vino de cuerpo medio, un Chardonnay diferente.
Tras los dos primeros ejemplares alcanzamos las regiones centrales y nos detenemos en el Lazio, en la bodega de Paolo e Noemi d'Amico, que nos propone no uno sino dos vinos de nuestra uva en cuestión, elaborados de manera diferente. Catarlos a ciegas no fue fácil para determinar cuál había pasado por madera y cuál no, porque el primero, el IGT Lazio Chardonnay Falesia 2012, que tuvo un paso por madera, no daba la impresión de un vino estructurado con las nuances avainilladas típicas de esta tipología, y a pesar de un retrogusto dulce que recordaba a la miel, se reconocía una buena acidez y mineralidad. Al probar el segundo producto de la casa, el Calanchi di Vaiano 2012, uno se da cuenta enseguida de la diferencia ya desde el color más claro, un pajizo que no vira en absoluto hacia ningún reflejo dorado sino que mantiene perfectamente las características de juventud, confirmadas por la sensación levemente carbónica en boca acompañada de una salinidad importante, lo que disipa cualquier duda sobre el uso del acero en lugar de la barrica.
En Toscana en cambio nos dejamos sorprender por la finca Capannelle di Gaiole in Chianti, en la zona histórica del Chianti Classico. James Sherwood (fundador y accionista del grupo Orient-Express Hotels LTD) nos propone el Capannelle Chardonnay 2011, con sus trece grados de alcohol tiene los números para ser considerado un vino de nivel medio-alto, buena complejidad y fineza, un abanico de aromas bastante amplio donde además de flores, frutas y fragancia tostada se reconocen con nitidez notas de quina y humus; sin duda un vino con notable capacidad de guarda en el tiempo.
El sexto vino proviene de Castiglion del Lago, en la provincia de Perugia, nos encontramos por tanto en Umbria, en la bodega de Sabrina Morami, que nos presenta su Cardissa 2013 Chardonnay, que pasa seis meses en madera y se embotella únicamente en formato magnum, con un total de 400 botellas al año; es el vino que quiso crear para sus primeros cuarenta años, y en la botella encontramos buenas correspondencias con el varietal, aunque con una componente verde más evidente, en sintonía con aromas de hierbas aromáticas que probablemente crecen en abundancia en ese entorno que goza de la cercanía del Lago Trasimeno.
El penúltimo vino es del Alto Adige, aquí estamos en Termeno y de repente nos encontramos en latitudes más frescas, donde los viñedos trepan empinados por los Alpes y se trabajan con no pocas dificultades. ELENA WALCH sin embargo posee sus viñedos en laderas no demasiado extremas y se beneficia de una excelente exposición al sol que garantiza saludables oscilaciones térmicas entre el día y la noche para una perfecta combinación ácido-salina en sus vinos. Hemos probado el Cardellino 2013, que de inmediato nos muestra la nitidez de sus aromas que se suceden de manera secuencial: el cítrico en primer lugar (pomelo), piña, manzana golden (de la que el Alto Adige es muy rico), miel, hierbas, mantequilla, almendra amarga. Muy equilibrado en boca, además de tener una larga persistencia. La imagen que viene a la mente es la de un cajón bien ordenado con todas las cosas en su lugar.
El recorrido concluye con un vino friulano proveniente del Collio y producido por la bodega TOROS. Este Chardonnay del 2007, aunque ya no joven, refresca la vista por su columna ácida y una importante salinidad y mineralidad muy evidente, sin duda herencia de los terrenos calcáreos del Friuli; un vino persistente en el gusto, agradable y elegante que regala sensaciones cítricas como de cedro, pomelo, mallo de nuez y níspero.
De esta cata ha resultado muy interesante comprender cómo el territorio influye en hacer único un vino que nace del mismo vitigno y sobre todo de una uva que, si se conoce en profundidad, puede dar satisfacciones infinitas.





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