"Atravesado un desfiladero entre colinas boscosas, y campos sobre los que la vid ha extendido una red de frondosas guirnaldas, nos asomamos a una vasta y verde cuenca. ¡Ved qué fértil, poblada y alegre es mi Franciacorta!" como Tullio Dandolo, muchos literatos han ensalzado las suaves colinas de la Franciacorta, una exuberante isla feliz donde el tiempo se convierte en aliado y cómplice del vino espumoso por excelencia.
Un poco de geografía
La vid, siempre presente en este territorio desde tiempos inmemoriales, hunde sus raíces al este en las colinas rocosas, remontando luego hacia el norte a lo largo de la cuenca del Lago D'Iseo, para ocupar finalmente la prolongación final de los Alpes Réticos. El río Oglio separa además este importante territorio de la provincia de Bérgamo, territorio precisamente morrénico que se formó durante el período de las glaciaciones gracias a un gran glaciar que, al dividirse, dio origen a un considerable arco morrénico occidental y uno oriental. Otros factores como el relieve de colinas que facilita el drenaje de la vid, el suelo de naturaleza pedregosa, aluvial y calcárea, hacen la fortuna de este territorio con F mayúscula, ideal para el desarrollo de un microclima particular que favorece las variedades de uva vocadas a la elaboración del método clásico. Un paisaje tan exuberante de flora y fauna hizo que poblaciones nómadas prehistóricas se asentaran allí para cultivar la vid, como demostraron posteriormente hallazgos arqueológicos que se remontan a la Edad del Bronce.
Un poco de historia
En época romana se desarrollaron técnicas de cultivo mucho más arraigadas, para luego perderlo todo a causa de las invasiones de los lombardos una vez decaído el Imperio Romano. El renacimiento, como ocurrió también en otras regiones italianas, tuvo lugar con la expansión de la agricultura monástica y el saneamiento del territorio en la Alta Edad Media, y es quizás precisamente en este período donde nace el origen del nombre Franciacorta. Algunas teorías hacen remontar la etimología de la palabra a "curtes francae", es decir, aquellos pequeños burgos que fueron exentos del pago de impuestos. Para comenzar a hablar de calidad, sin embargo, debemos dar un rápido salto hacia finales del siglo XVI, donde el encuentro con la enología francesa mejorará en varios frentes la producción y conservación de los vinos. La calidad a lo largo de los siglos, gracias a estudios e investigaciones, no puede sino mejorar cada vez más, especialmente con la llegada del siglo XVIII, donde se experimentan también nuevos sistemas de cultivo y poda.
Por fin un poco de vino: el giro empresarial
Historia, pues, milenaria que alcanza un giro decisivo a finales de los años 50 con el nacimiento de la conciencia de ser capaces de producir un producto "a la manera de los franceses". Muchos industriales de la época se ocupaban de los terrenos de la Franciacorta, entre ellos también Guido Berlucchi, quien para la producción de sus vinos confió en el hábil enólogo Ziliani. La formidable intuición de Ziliani fue precisamente la de comprender muy pronto que la Franciacorta era el territorio italiano vocado para introducir las variedades de uva dedicadas a la producción de las burbujas y que el Pinot (aunque en realidad se trataba de Chardonnay) era afín a este método. Las innumerables dificultades encontradas en una Italia todavía inexperta, también debido a instrumentos frecuentemente inadecuados, hicieron duro el camino del Franciacorta pero no imposible, ya que en 1961 nacen finalmente las primeras botellas del "Pinot di Franciacorta méthode champenoise". Así esta área territorial lombarda, otrora tierra de vinos tintos, se convierte en la actual mejor productora de espumoso italiano según el Método Clásico. Gracias a un trabajo constante y serio impulsado por la pasión por el vino, en el 67 llega el reconocimiento de la DOC que se transformará luego en DOCG en 1995.





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