Toda historia que se precie comienza con un asesinato. La mía no. La mía comienza con una botella de vino.
Una burbuja de dióxido de carbono se adhería al fondo de una botella de Lambrusco, intentando por todos los medios resistir el empuje de Arquímedes. Había visto a sus amigas burbujas alejarse ante sus ojos gaseosos y desaparecer en la rubicunda turbidez que la cubría. Imaginaba que si se desprendiera del fondo de la botella explotaría y todas las moléculas de las que estaba compuesta saldrían disparadas de un lado a otro, aplastándose torpemente en algún lugar. En realidad tenía razón, pero no podía estar segura de ello, por ese motivo se aferraba al vítreo fondo de la botella. Por poco tiempo. El necesario para que yo terminara de cortar el salami. Mis amigos mientras tanto estaban en el salón charlando, esperando a que sirviera el aperitivo. Mara se enroscaba mechones de cabello alrededor del índice, recostada elegantemente en el respaldo del sofá, mientras Luca, el apuesto físico nuclear, le contaba cómo el cuerpo de ella estaba compuesto en un noventa y nueve coma nueve por ciento por moléculas distintas a las del año anterior pero que al mismo tiempo no había cambiado ni un ápice. Por su parte Mara, vagamente ofendida, disimulaba disfrutar del humor de su interlocutor, alternando sonrisas espáticas con rápidas miradas al reloj. San Agustín decía: "el tiempo no existe, es solo una dimensión del alma". Por razones distintas, Luca sostenía la misma tesis. En lo que a mí respecta, me he detenido únicamente en la abstrusa definición del segundo, la principal unidad de medida del tiempo, mientras que soy capaz de disertar ampliamente sobre el tempismo, cuya voluble existencia puedo afirmar por experiencia directa: el gol de Hamšík en el minuto ochenta y siete contra el Milan, la caída de las lonchas de salami y la explosión de la burbuja de dióxido de carbono, son el ejemplo más claro. "¿Abrimos el vino?". Dejé que un buen sorbo de Lambrusco fluyera chispeando entre mis papilas gustativas mientras las risas escapaban en dirección opuesta a raíz de esa simpática coincidencia. No existe un momento adecuado para beber vino, siempre es el momento adecuado para beber vino. Estoy seguro de que San Agustín estaría de acuerdo.
Que sea cierto que el noventa y nueve coma nueve por ciento de mi cuerpo ya no lleve la huella de ese encuentro importa poco, dado que después de mucho tiempo aún soy capaz de recordarlo.





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